Reflexiones de viaje

Hábitat, hábito y lo que se mueve cuando nos movemos

·12 min

I. El proyecto del viaje

Zipolite huele a sal y a tierra mojada. El ritmo es otro — pies descalzos, otro horario, otro clima. Las conversaciones que este lugar hace posibles son otras también: las estrellas se ven, entonces se habla de ellas. Hay una hamaca y un techo de palapa, y Francisco está leyendo. El mar se escucha desde la cabaña.

Pero el viaje no empezó el día que llegamos aquí. Empezó hace dos meses, cuando decidimos venir. Pro-yectar: lanzar el ser hacia adelante. Desde que compramos los vuelos, el presente en la Ciudad de México se reorganizó. Los días se vivían a la luz de lo que venía. Las rutinas seguían, pero algo se había movido por dentro — como si la brújula interna ya estuviera apuntando hacia otro lugar.

Hay algo en la palabra hábitat que la conecta con hábito. Comparten raíz. Y no es accidente. El hábitat no es solo un lugar donde vives — es lo que permite que ciertos hábitos se desplieguen. Cuando cambias de hábitat, algunos hábitos se suspenden, otros emergen, otros encuentran una nueva manera de expresarse. El viaje es, antes que nada, un cambio de las condiciones de posibilidad.

II. El cuerpo despierto

El mar no estimula un sentido: te toma entero. Flotar en las olas de Zipolite no es una experiencia visual, ni auditiva, ni táctil — es una experiencia corporal completa. Cada ola es diferente. Cada una exige una respuesta distinta. No se puede automatizar la relación con el mar. Es fluidez literal que demanda presencia.

Eso cuestiona algo que damos por hecho: el modelo de los cinco sentidos. Los sentidos separan la experiencia en canales discretos — vista, oído, tacto, gusto, olfato. Pero el mar sugiere algo anterior a esa separación: una percepción integrada, un saber del cuerpo que no pasa por la clasificación. No tiene sentido preguntar "¿con qué sentido percibo esto?" cuando una ola te arrastra.

En la playa nudista, los cuerpos son otro espejo. Todo tipo de cuerpos — trabajados y no, jóvenes, viejos. En un sentido superficial, lo que se remueve es la mediación de la ropa. Pero en un sentido más profundo, lo que se pone de manifiesto es lo que la ropa normalmente oculta en los cuerpos viejos: el tiempo se vuelve patente. Cada cuerpo cuenta una historia de décadas. El cuerpo como maestro.

El viaje remueve mediaciones. No siempre en sentido literal — sino las del hábito perceptivo. Dejas de ver la realidad a través del filtro de lo conocido. Y cuando ese filtro se suspende, el cuerpo despierta.

III. El camino de las hormigas

En Zipolite observé un camino de hormigas. Cuando la fuente de alimento es constante y no hay interrupciones, el camino se osifica. La línea se endurece. Las hormigas van y vienen por el mismo trazo, una y otra vez, sin variación. No hay creatividad para el hormiguero.

Pero cuando hay escasez o interrupciones — una rama que cae, una lluvia que borra el rastro — el hormiguero tiene que inventar. Las exploradoras salen en todas direcciones. Aparecen rutas nuevas. La colonia se reorganiza.

El viaje es la lluvia que interrumpe el camino de las hormigas. Es la interrupción del trayecto habitual lo que genera creatividad. Y la osificación es bidireccional: los hábitos osifican el hábitat tanto como el hábitat osifica los hábitos. Se configuran mutuamente, se refuerzan, se endurecen. El viaje rompe ese ciclo.

IV. Metáforas del tiempo

Justo antes de que el sol se ponga en el mar, camino hacia el sur de la playa. Me siento en la arena. Veo pasar personas de todas las edades, a diferentes velocidades.

Dos percepciones llegan al mismo tiempo.

La primera: el tiempo inscrito en los cuerpos. Personas de todas las edades caminando juntas — una niña corriendo, un hombre de cincuenta con paso lento, una mujer mayor con bastón. El tiempo hecho visible en la piel, la postura, la manera de caminar. No es un concepto abstracto: es algo que se ve.

La segunda: el tiempo como trayectoria. Esa persona que ahora veo lejana se acerca, pasa frente a mí, y comienza a alejarse otra vez. Ahora que solo existe este momento, estoy pensando que mañana ya no lo será. Cada persona que pasa es una metáfora de la impermanencia sin necesidad de que nadie la nombre.

Estas metáforas no son figuras retóricas. Son formas de conocimiento. No estaba razonando analíticamente sobre el tiempo — estaba viéndolo a través de los cuerpos que se movían frente a mí. La realidad se revela a través de otra realidad.

Y luego la convergencia: todas esas personas caminando hacia el mismo punto para ver lo mismo — el atardecer. En la Ciudad de México lo que convoca es el trabajo, el tráfico. Aquí, lo que convoca es el sol. El hábitat determina qué acontecimientos son los importantes.

El conocimiento intuitivo se activa cuando el hábito perceptivo se suspende. La metáfora no es decoración — es forma constitutiva de pensamiento.

V. Verdades locales

Una noche, la conversación con amigos gira hacia la reencarnación y el método científico. Ellos defienden el método como el único acceso legítimo al conocimiento. Lo que no se puede medir, reproducir y falsear, no es conocimiento — es creencia.

Tienen razón, hasta cierto punto. El método científico es extraordinario para responder preguntas de cómo. Cómo funciona la gravedad. Cómo se replica el ADN. Cómo interactúan las partículas.

Pero el método presupone que la realidad es fundamentalmente material. Solo puede acceder a lo objetivo, lo medible, lo reproducible. La experiencia subjetiva, el significado, la conciencia — quedan fuera por diseño. No es un fallo: es un límite constitutivo. Un termómetro no puede medir el color. No porque el color no exista.

Las teorías científicas son localmente verdaderas: responden sobre todo a las preguntas de cómo. Pero hay otro tipo de saber — la intuición — que responde al qué. Y muchas veces esa respuesta no es semántica. Sentir la presencia de algo más grande. Sentir que la realidad es profunda. No son proposiciones verificables — son formas de saber que operan en otro registro. Se siente, se vive, se reconoce — no se demuestra.

No se trata de oponer ciencia e intuición. Ambas son verdaderas, ambas evolucionan. Las teorías se reformulan cuando la realidad despliega contradicciones insalvables. La intuición se refina con la experiencia. Establecer una versión absoluta de la realidad — sea científica o intuitiva — es osificación epistemológica.

El método científico es un hábito epistémico. Una forma habitual de conocer que funciona para el cómo pero que puede bloquear el acceso al qué. La interrupción de ese hábito abre espacio para la intuición.

VI. El encuentro

Francisco propone ir a la playa del amor de noche. No tengo muchas ganas. Esperamos. Al final vamos.

Subimos los escalones que rodean la piedra. Desde arriba: cielo casi completamente oscuro, luna sin salir. La playa del amor abajo — sillas reclinadas, mesitas con velas encendidas. Estrellas asomando. Danzantes de fuego girando al fondo. Conforme bajamos, los rostros se aclaran. Gente desnuda, otros con poca ropa. Hay una sensación de libertad.

Después de pedir cervezas, caminando hacia unas sillas: "Ale." Oliver, Adrián y Xavi. Compañeros de viajes en bicicleta y trekkings — el último, el circuito de Santa Cruz en Perú. Mucho gusto. Inesperado. Algo que sentía que fluía.

No hay dos realidades separadas. La realidad cotidiana no es falsa ni ilusoria — es manifestación de algo más profundo. Las sincronicidades son momentos donde esa conexión se hace visible. No son casualidades sin significado ni destino predeterminado. Son momentos donde la realidad profunda está fluyendo, y ese flujo se manifiesta como encuentro.

La resistencia inicial importa. No quería ir. El encuentro se produce precisamente cuando me dejo llevar, cuando la fluidez gana. Y Oliver y Adrián son compañeros de otros viajes — personas asociadas a la experiencia del desplazamiento. Encontrarlos en otro viaje no es casualidad: es resonancia.

El viaje facilita las sincronicidades porque cuando el hábito se suspende y la realidad se vuelve fluida, esa fluidez no es solo perceptiva — quizás es ontológica. La realidad misma fluye más.

VII. Lo que se mueve

No se trata de que la realidad de la Ciudad de México sea más o menos real que la de Zipolite. No hay "múltiples versiones" de uno. Hay un ser que despliega hábitos en sus diferentes hábitats. Confundir el despliegue con la identidad es el error que la osificación produce.

La expansión del saber no es saber más. Es no cristalizar lo que se sabe. Es mantener la capacidad de que la realidad te sorprenda, te contradiga, te muestre algo que no cabía en tu versión anterior.

Lo que se mueve cuando viajamos no es solo el cuerpo. Se mueve la manera de percibir, la manera de saber, la manera de estar en la realidad. Y cuando todo eso se mueve, la realidad misma responde — fluye, se abre, manifiesta lo que el hábito tenía oculto.

La expansión del saber no es saber más. Es no cristalizar lo que se sabe.